Insomnio

El mar celeste incrementa su oleaje lentamente, ruidoso. Sabes que las nubes darán paso a la tormenta. Avanza el reloj, miras al cielo y observas esas aguas navegantes que ya se han secado en tu semblante.

Ya hace tiempo que el sol encontró su refugio, fundiéndose con otro astro infinito.

Tu cuerpo, en tu lecho, desprende su deseo de abatimiento; tu ser se desdobla y la piel vuelve a sentir el roce sexual de su amante compañera.

Tu sueño deambula por la habitación, corteja a la noche pero esta se aleja y esquiva tus movimientos. El tiempo corre con detenimiento y empieza a ser testigo de tus deseos, instintos y frustraciones encerrados en cuatro paredes. Aquí se abre el camino de lo animal, lo perverso, lo amoral. Tus pensamientos son vientos sin destino ni dirección. Por momentos te visualizas conciliando el sueño para luego mirar a la orilla del abismo. Sientes en tu espalda el cúmulo de noches incompletas bajo una cama repleta de esperanzas y vacía de realidades. Retomas reflexiones que aún no son pasado, tomas decisiones que no serán futuro. Eres materia inerte del presente. Te orillas en ti mismo.

Empieza a llover. El agua se filtra por el techo y las paredes buscando cualquier sitio.

Piensas que la noche es amante de las palabras, víctima de los quebrantos y sendero de tu temperamento. Recuerdas aquella luna llena que llenó tu estrella, aquel fuego que apagó tus tribulaciones, aquellas estrellas que fugaron tu conciencia.

Y así, de repente, ves que el agua ha rozado tu cuello. Frágil, tu cuerpo es dócil ante la marea asfixiante, aunque la sientes suave y amorosa.

Escuchas el sonido del silencio y en un instante fugaz, sordo, tenue, abres los ojos ante el primer rayo del alba que ha evaporado todas las aguas.

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