La Cruz Azul que cargamos

–¿Tú tienes equipo?

–(Puta, ya valió, pero bueno, llevo años aguantando vara) Sí, Cruz Azul.

–Chale.

Irle a Cruz Azul es incómodo, pero ya hasta causa ternura. Cuando alguien más también le va a “La Máquina”, uno inmediatamente piensa “entiendo tu dolor, bro”, pero cuando nadie más es afín a ti, sabes que, seguro, seguro, empezarán las burlas (uno pensaría “bueno, es por un rato”, pero no, los cruzazulinos sabemos que el chascarrillo será de por vida).

Cruz Azul está destinado a la desgracia: nuestro escudo porta la cruz (como la de Jesús o la de la Cruz Roja); el estadio está(ba) junto a un matadero (la plaza de toros) y la mascota es una liebre (facilísima de cazar); por si fuera poco, portamos un color particular, el rojo: fiel a la sangre y al sufrimiento que hemos vertido temporada tras temporada. Bueno, paremos aquí.

Tuve la (des)fortuna de elegir a mi equipo. Me latía que una institución de futbol surgiera de una cementera, de la clase trabajadora: aquella que ha construido todo lo que nos rodea. Me atraía ser fiel a un escudo que representara a la población negada por la historia: lamentablemente, los 11 jugadores, sin importar el año, son fieles a esa misma historia en sus pies y en su sangre.

Para muchos, ver a su equipo campeón es presagio de un mejor futuro, pero me cae que Cruz Azul es el fiel ejemplo de que todo seguirá igual. Tal vez sea lo bueno de apoyar a este equipo: vivir sin ilusiones. Con “La Máquina” sabes que tú eres el único forjador de tu destino, nadie más te dará un empujoncito. No sé, al final, en lecciones de vida, debo agradecerle mucho a La Máquina Celeste.

Después de la inexplicable voltereta de los Pumas, uno no entiende cómo hay gente que porta la playera a diestra y siniestra. ¿Con qué cara se la ponen antes de salir de su hogar?  Pienso abnegadamente que no ponerte el escudo ni consumir nada del equipo es una pequeña  postura ante las décadas de malos manejos, corrupción y enriquecimiento de los directivos. Aun así, los fieles aficionados siguen surtiendo de carbón a “La Máquina”; se ensucian las manos, la cara y el orgullo, pero los pilotos que están al volante nunca han sabido orientar el volante.

A pesar de todo, quiero creer que con mi Máquina también aplica el “no hay mal que dure 100 años”, así que, no nos preocupemos, amigos Azules, todavía tenemos 77 años para que se nos haga el milagrito, JA.

Los años pasarán y mi equipo seguirá siendo Cruz Azul a pesar de todas las sorpresas que me depare (no confíen en las personas que cambian de equipo; se puede abandonarlo, pero cambiar de bando, es imperdonable, una bajeza total).

Así, Cruz Azul tal vez sea el equipo más mexicano de todos. El tipo chistorete que siempre juega con la muerte, pero nunca la toca plenamente; que tuvo un pasado glorioso, y siempre vivirá de él.

México le debe mucho a este equipo.

Arrancar una página.

Reseña del documental “El silencio de otros”, disponible en Netflix.

¿Por qué una nación arranca páginas de su pasado? porque conservar el libro completo de su historia es admitir que todo tipo de acto, cualquiera, fue necesario para salvaguardar el bien del país.

Quien escarbe en el pasado de su patria profanará una herencia impoluta; marcará de llagas un cuerpo virgen.

¿Cómo germinas un patriotismo ciego en la población? Proclamando que toda acción es permisible si esta tiene un objetivo: defender la patria, sea cual sea el costo, sin importar si ese mismo costo le arrebata la idea misma de patria a la gente.

Así sucede en “El silencio de los otros» de la española Almuneda Carracedo y el estadounidense Robert Bahar; documental que narra la búsqueda de aquella patria que no conoce discursos políticos: la familia.

El documental acompaña a víctimas del franquismo en su búsqueda de justicia por los actos cometidos en la época dictatorial acontecida entre 1939 y 1975. El argumento de la cinta parte del Pacto del Olvido, una ley aprobada en 1977 que dictaminó amnistía a todos los actores involucrados en la dictadura (desde torturadores hasta médicos parteros que secuestraban bebés de madres rojillas con el objetivo de ubicarlos en familias franquistas y así poder eliminar su gen comunista).

Esta ley también permitió olvidar tanto a las víctimas de la Guerra Civil Española,  como a las de la dictadura de Francisco Franco. Muchas de ellas fueron a parar a fosas comunes, campos de cultivo y terrenos que actualmente son carreteras (como está enterrado el padre de una de las protagonistas).

Los políticos, en el pasado, acordaron el olvido; los ciudadanos, hoy en día, buscan el perdón. Un perdón que probablemente no se verá realizado debido al paso del tiempo; y así se refleja al ver a víctimas de más de 70 años en primer plano que desean ver a su madre, padre o hermano por última vez para que puedan partir de este mundo tranquilamente. Localizar los restos de un ser querido permite trascender junto a él.

El documental acompaña a varios personajes: Desde la víctima que despierta con un fuerte dolor de pecho al saber que su extorturador vive a unas cuantas cuadras de su casa, hasta la hija que suspira por su padre todos los días. La cámara es partícipe de la impotencia y angustia de los personajes desamparados que siguen actuando en escena, a pesar de que el telón se encuentre oficialmente abajo.

¿Qué es de un país que parcha la herida sin sanar la putrefacción de la carne? ¿Cómo es que las futuras generaciones sentirán la sangre brotando de la tierra?

Olvidar a los muertos es permitir que los vivos actúen sin repercusión; que arranquen páginas de su historia sin saber que esa pequeña parte del libro también llevará consigo parte de su memoria.

Mundos paralelos

¿Qué sería del mundo si no hubiera un tiempo lineal?

Imagínense que los años no se acumularan, que el 31 de diciembre del año 0 (en vez de pasar al 1 enero del año 1) regresara al 1 de enero del año 0. Que todo fuera un ciclo, como las estaciones del año.

¿Qué sería de la humanidad, de nuestra historia y de nuestro pensamiento?

Probablemente no habría historia y por ende ninguna deuda por la cual luchar o redimirse.

Probablemente no habría conocimiento, porque el conocimiento es acumulación, y tal vez la idea de “civilización” como la conocemos en la actualidad no existiría, porque, al menos para casi todos nosotros, el mundo occidental siempre ha consistido en “avanzar” e “ir hacia adelante”.

Así, lo de hoy es comunicarnos “mejor”, con tecnología moderna que nos haga la vida más “sencilla”. Más mediocre, será.

Me gusta pensar que si todo se repitiera año tras año ya no veríamos a la tierra como nuestro medio de explotación, si no como aquella madre que habría que cuidar y mantener.

Cada año sería un ciclo y, tal vez, nuestra intención sería que ese ciclo se mantuviera igual que el anterior.

Así, nuestra vida sería una rutina.

Y no lo digo yo, miren hacia atrás. Las religiones y las civilizaciones tardaron muchos años en consolidarse debido a sus rutinas. Pongo ejemplos simples: las misas de los domingos, las fiestas anuales de un pueblo.

Eso nos da la pulpa de las cosas.

¿Nunca piensan cómo será el futuro si siempre vamos “avanzando”?

Nada nos va a satisfacer, nada será suficiente.

Este tiempo de confinamiento nos puede servir para apreciar aquello que hacemos todos los días, tal vez ahí esté la clave.

Para así empezar a pensar mundos paralelos.

Guisado de letras

Pocos de nosotros, sí, entre ellos puede que estés tú, querido lector, somos “indispensables” para garantizar que nuestra querida especie siga haciendo de las suyas. ¿Quiénes sí son los responsables de que podamos preparar la última receta que recomendó la influencer que, por cierto, apenas sabe hacer unos simples huevitos? Pues bueno, definitivamente un “copy” (o sea, wey, en inglés para que se vea más de caché) como yo, no.

Mi chamba es completamente prescindible, ¿hacer que la gente se “enamore” de una marca? Meh, mejor enamorémonos de poner un huerto en nuestro hogar, o yo qué sé, sembrar un aguacate o un mango (que por cierto, es dificilísimo). Nadie en su vida dice: para la comida de mañana aún no he ido al mercado a comprar los textos publicitarios que necesito, además de las 4 porciones de correos que me faltan, el medio kilo de términos y condiciones y los 2 sobres de legales necesarios para que la carne de puerco me quede como me gusta.

Además, ¡qué ironía! yo, que no soy alguien “esencial”, estoy resguardado en mi casa, viendo Netflix felizmente mientras me desparramo en mi sillón con la panza de fuera; en tanto que la señora de la verdura, alguien que sí es fundamental, está en la calle exponiéndose al contagio. En fin, el mundo es así y difícilmente cambiará.

Por lo pronto, me preparo para otro día de trabajo. Apuesto a que el cliente sí estará ansioso de que prepare un guisado de letras.

Pensamientos de cuarentena

Intentos de Aforismos (sentencias o máximas)

Gatell no existe, es el Síndrome de Estocolmo.

La gente piensa que el Covid es un engaño porque siempre ha sido engañada.

Comprar local no es exactamente comprarle al amigo que no vive al día.

Prometo pasear a mi perrita cuando esto acabe, ahora sé qué se siente estar encerrado.

Hace unos meses nos creíamos dueños del mundo, ahora sabemos que somos dueños de unos cuantos metros cuadrados.

Un epidemiólogo en 2 meses ha conmovido más a las masas que el presidente en 1 año.

Qué triste que en unos meses pasemos de López Gatell a López Obrador.

UNO QUE OTRO TEXTO

1. 

Nuestro mundo se ha limitado a cierta cantidad de paredes.

La lógica nos ha dicho que la aventura empieza al salir de la puerta, ahora la aventura es con nosotros mismos.

Veo que las personas menos creativas son las que nos dicen que aprovechemos nuestro tiempo para ser “creativos”, las que pocas veces se aventuran a cosas nuevas que adquiramos un «nuevo hobby».

Tal vez mi nuevo hobby sea hacer mis juntas de trabajo en calzones, que mis axilas no conozcan el desodorante y que cada vez más perfecciono mi aspecto cavernícola.

Estoy a gusto en la casa de mi madre. No sé cómo le ha hecho para remover de las paredes la maleza de todos los malos recuerdos que colgaban por doquier.

2. 

Habitar la soledad es saber lidiar con el tiempo.

3.

El polvo vuelve, como vuelven mis errores del pasado.

Florecen las hojas, como yo lo hago todos los días.

Mi hogar será una simple construcción cuando nadie de mi sangre la habite, como mi cuerpo será ceniza cuando tampoco yo me habite.

4.

¿Acaso querer escapar al exterior es querer escapar de nosotros mismos?

No sé, tal vez.

¿Y si para aventurarnos al mundo debemos primero saber cómo vivir con nosotros mismos?

No sé, tal vez.

5.

Ya no hay excusas para las personas que requerían “tiempo” para cumplir objetivos. El que es huevón es huevón.

A Ingrid Escamilla

Nota introductoria:

A raíz de la difusión del cuerpo de Ingrid Escamilla sin recato ni empatía en redes sociales, surgió una tendencia general en Twitter donde se publicaban fotografías de paisajes con su nombre para evitar ver su asesinato y recordarla bellamente. Debido a esto, escribí este pequeño relato.

A Ingrid:

Ingrid Escamilla vio, por toda la ciudad, su foto en cada rincón.

No se explicaba cómo su cuerpo, alguna vez bello, diáfano, claro, estaba hecho pedazos.

Desesperada, deambulaba por las calles sin dejar de ver su rostro, que ya no era rostro, en pantallas y periódicos.

Desolada, se sentó al lado de una chica parecida a ella y, una vez más, decidió voltear a ver una pantalla más, esperando ver su último respiro.

Sorpresivamente, la chica publicaba una foto con un cielo naranja, su favorito, con su nombre en grande.

Extrañada, se levantó y vio los celulares de todas las mujeres que encontraba; veía, atónita, fotografías de paisajes, flores y mares con su nombre.

Tantos colores deslumbrantes, tantas formas cautivadoras le hicieron pensar que, ahora que era un alma libre, tenía la oportunidad de ser lo que quisiera, sin importar el lugar, la hora o la situación.

Así que, desde ese día y para siempre, decidió ser como cada persona quería recordarla: una flor, un río, una estrella.

Los Aforismos de Nicolás Gómez Dávila

“Madurar no consiste en renunciar a nuestros anhelos, sino en admitir que el mundo no está obligado a colmarlos.”

Este es uno de los aforismos (máxima o sentencia que se propone como pauta en alguna ciencia o arte), que el escritor colombiano, Nicolás Gómez Dávila, inmortalizó a lo largo de su vida.

Desconocido en el ámbito literario latinoamericano (aunque nunca le importó serlo), la obra de Nicolás Gómez Dávila asombra por su lucidez, ironía, desdén y crítica punzante al mundo moderno.

“Escolios a un texto implícito” es el libro más famoso del oriundo de Bogotá, Colombia, que reúne sus más de 10 mil aforismos.

Cabe destacar que “escolios” son las notas que se ponen a un escrito para explicarlo, y que los estudiosos han expresado que este texto “implícito” es la Vida.

Ante la imposibilidad actual de conseguir el libro de sus aforimos completos en la editorial Atalanta, la propia editorial, recientemente, sacó a la venta «Brevario de Escolios» con la selección de sus mejores aforismos en 280 páginas.

A continuación, presento una selección de ellos.

Difundir la buena escritura es impedir que muera.

1.- La madurez del espíritu comienza cuando dejamos de sentirnos encargados del mundo.

2.- Ser joven es creer que nos crean estúpidos; madurar es temer serlo.

3.- Mi semejante no es el que acepta mis conclusiones, sino el que comparte mis repugnancias.

4.- Ningún ser merece nuestro interés más de un instante, o menos de una vida.

5.- No cometas la injusticia de tratar a tus superiores como iguales.

6.- Todo hecho es siempre menos interesante que su relato.

7.- El mundo moderno nos exige que aprobemos lo que ni siquiera debería atreverse a pedir que toleráramos.

8.- El castigo del que se busca es que se encuentra.

9.- Los poemas no están escritos para que los leamos, sino para que los recordemos.

10.- Noble no es el alma que nada hiere, sino la que pronto sana

11.- No hay verdad que no sea lícito estrangular si ha de herir a quien amamos.

12.- La historia castiga inexorablemente la estupidez, pero no premia necesariamente la inteligencia.

13.-  Lo difícil no es creer en Dios, sino creer que le importemos.

14.- Sobre una verdad no nos ponemos de acuerdo discutiendo sino madurando.

15.- No debemos asustarnos: lo que admiramos no muere. Ni regocijarnos: lo que detestamos tampoco.

16.- Al observar quiénes obtienen lo que deseamos, nos importa menos obtenerlo.

17.- Sólo nosotros mismos podemos envenenar las heridas que nos hagan.

18.- Aún los odios de pequeña ciudad son más civilizados que la indiferencia mutua de las grandes.

19.- Burguesía es todo conjunto de individuos inconformes con lo que tienen y satisfechos de los que son.

20.- La interrogación sólo enmudece ante el amor. ¿Para qué amar?, es la única pregunta imposible.

El libro está disponible en diferentes librerías del país. Échenle un ojo. Les va a gustar 🙂

A inicios del 2020 empezaré un proyecto personal, junto con un amigo, animando sus aforismos en una cuenta en Instagram. Les estaré informando.

A Santiago (Bebé de 1 año asesinado en Minatitlán el 19 de abril)

Abriste los ojos y, junto a ti, se creó el universo.

El mundo resultó ser un abanico de colores, formas, movimientos, olores.

Empezabas a ver señas, escuchar sonidos, diferenciar imágenes y explorar tu cuerpo.

Varios nombres te rodeaban, pero había uno que se dirigía a ti con muecas y sonrisas: el tuyo.

No comprendías el sentido de las cosas, ni nada, solamente disfrutabas tu presencia en el mundo. Eras niño.

Sentías afecto por esas personas que te cargaban en brazos, que te estiraban la mano si requerías ayuda o al menos un amparo ante el dolor.

Aprendías la magia de las palabras: nombraban todo a tu alrededor.

Tus piernas sentían sus primeras pisadas. Esperaban recorrer un gran camino agridulce: la vida.

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Reuniones familiares espera tu hogar.

Abrazos el calor de tu cuerpo.

Nostalgia tu mirada al ver el atardecer detrás de la montaña.

Tus labios tu primer beso.

Tu cuerpo el calor de la mujer que se vuelve refugio en la oscuridad.

Tu oficio en la palma de tu mano.

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Tal vez el silencio de un bosque espera la vibración de tu guitarra.

Tal vez tu primer lector espera conmoverse con tus primeros versos.

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Un pequeño universo se ha consumido.

Se esfumó en los ventanales del tiempo.

Este gran sueño que vivimos despertó a un pequeño caminante.

Adiós, Santiago, una historia inconclusa llevaste contigo.

A las mujeres desaparecidas.

Tus padres te esperan en la cocina.

Tus sueños te buscan por la almohada.

Tu mejor amiga carga hojas con tu rostro.

El vecindario rastrea tu última pisada.

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Ahora tienes una página de internet que nunca pediste.

Tu jefe ya contrató a una nueva mesera.

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Serás archivo, serás lágrima.

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Hoy empieza el camino de tu ausencia.

Te preguntaste el por qué a ti.

Supiste que tu piel se convertiría en número.

Por un instante anhelaste ser hombre.

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Ese día la tierra se volvió más ligera.

El mar se privó de una ola.

El sol prolongó sus sombras.

El árbol derramó una hoja en su llanto.

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Hoy se gritará tu nombre.

Hoy te decimos basta.

Hoy es tu día…. y será siempre.

Año nuevo, Guanajuato viejo.

Camino por Guanajuato y veo los callejones, las fachadas, los adoquines y todos los sitios históricos y de interés en peor estado de lo que estaban (esperando que un pedazo de balcón no me caiga en la cabeza). Contemplo edificios luchando en contra de su deterioro, que se miran entre ellos absortos ante sus paredes ahuecadas y sus exteriores descuidados que los obligan a tomar la decisión, en consenso, ante tal maltrato corpóreo, de cerrar sus puertas para llorar su condición de abandono y esconder las llagas habitando en su interior.

Este olvido parece no importar a los alcaldes que tienen más miras en dejar su “huella” con obras innecesarias y parches a medias. Tenemos una ciudad viviendo entre los polos del abandono y la “innovación”: desde una incomprensible «campanita», imitación del Ángel de la Independencia (se dice que declaró públicamente su ofensa) hasta una placa conmemorativa de los 30 años como patrimonio de la humanidad, difícil de observar por la sombra que hace la luz del sol y el material con la que está hecha (las letras no resaltan, menos en una glorieta y todavía menos por un turista desubicado).

Supongo que las autoridades no recorren las calles para darse cuenta que no alcanzamos los estándares del turismo fifí y mucho menos rentando adornos navideños patrocinados por llantas Michelin, calles rebozando basura e iluminación poco atractiva.

El centro histórico ha sido abandonado a su suerte y justifica cada vez más su atractivo por su historia que por el encanto de recorrer sus calles.

El peor deterioro es el que emprende su camino de manera lenta, y así sucede con nuestra ciudad. Y no es que quiera una renovación entera, hacerlo sería negar el paso del tiempo, pero hoy la capital sufre los estragos de años de negligencia y su identidad se esfuma.

Recorro Guanajuato y pienso que los lugares que nos hicieron vibrar también lo fueron por las historias tatuadas en las paredes, así que espero ansioso la próxima anécdota en uno de los recintos que se resiste a cerrar los ojos.

Sangre de maíz.

La señora de las gorditas nunca envejece. Uno siempre la recuerda igualita a cuando tu pequeño estómago de 8 años tuvo que procesar forzosamente su primer chicharrón prensado: rímel negro, arrugas grandes, mirada incisiva, sudor palpitante y los musculosos brazos que fácilmente te ganarían en una pelea callejera.

Toda tu vida la has visto únicamente en el local ubicado cerca del centro de la ciudad, nunca en la calle. Apuestas a que aparece y desaparece por generación espontánea o prefieres imaginar la existencia de un escondite ubicado detrás del mantel que embellece los guisados.

Ya te ubica; de hecho, recuerda tu última visita y la fatal caída del tlacoyo con salsa roja que dejaste a la mitad pero que al final no te cobró para verse bien con los demás comensales y salvar lo restante de tu dignidad, embarrada en el asfalto. 

Su memoria mejora con la edad: de 15 pedidos ahora recuerda 30. Sabe el orden de llegada de sus clientes mientras regaña a su sobrino que ha tirado la coca de vidrio en su primer día de trabajo. 

Saluda a su comadre de los licuados y se queja del volumen de las cumbias en el puesto de al lado.

Su mirada se ubica en el televisor y en el comal; su oído en la historia de la novela y en los encargos; su atención en las gorditas y en el carbón; sus manos en la masa y en el dinero; su voz en todos los temas actuales de la política nacional.

Su puesto es mejor que el de doña Marta (aunque tenga más gente) así que te consideras afortunado e inclusive te piensas comiendo en unas gorditas gourmet.

Juras que los boings de vidrio no se han movido de su sitio desde la apertura del local (hace ya algunos milenios) y sospechas que los rellena ilegalmente en el tráfico de jugos clandestinos.

Estás sentado en la silla de madera que tendrá mayor vida útil que cualquiera de tu muebles. Das una mordida a tu gorda de huevo y, mientras tu saliva inunda la papa mezclada con el producto de gallina, divagas en el espléndido masaje que siente la masa al ser aventada de mano en mano, como un bebé en su cuna, apapachado por canciones infantiles, para tristemente ser consciente de tu rítmico movimiento de dientes que la han introducido a una pesadilla.

Llegas con la intención de quitarte el antojo y terminas prometiendo no volver al lugar (regresarás en unos días) que te hace sentir que los cerdos y tú son de la misma calaña.

Empezaste con un porte y limpieza impecables y ahora observas la sala roja de chile habanero incrustada en tus uñas: temes que no la podrás quitar ni con el mejor jabón zote.

Sigues sin creer que la anciana junto a ti haya inundado su gorda (ahora se podría llamar gorda ahogada) con la salsa más picosa del país y dudas de tu capacidad de mantener alejado al fantasma de la gastritis.

En ese momento, mirando al vacío, te das cuenta de un regaño casi en el oído: la señora lleva unos segundos con la mano estirada sosteniendo tu gordita de deshebrada que ahora no tirarás ni aunque haya un asalto a mano armada.

Te sientas y te convences fielmente sobre la existencia de un Dios Maíz que optó por crear en los primeros seis días de la existencia todos los platillos mexicanos y que al séptimo, al no ver su utilidad práctica, inventó al hombre para tener a alguien que muriera (literalmente) por comer ese manjar; no encuentras explicación más real a la gordita de comal de 15 pesitos posando sobre tus manos.

Finalmente pagas y, cuando la señora estira sus brazos para recibir tu billete de 50, ves esas manos que estarán el día siguiente moviendo el maíz que compondrá su sangre hasta el último día que abra.

Insomnio

El mar celeste incrementa su oleaje lentamente, ruidoso. Sabes que las nubes darán paso a la tormenta. Avanza el reloj, miras al cielo y observas esas aguas navegantes que ya se han secado en tu semblante.

Ya hace tiempo que el sol encontró su refugio, fundiéndose con otro astro infinito.

Tu cuerpo, en tu lecho, desprende su deseo de abatimiento; tu ser se desdobla y la piel vuelve a sentir el roce sexual de su amante compañera.

Tu sueño deambula por la habitación, corteja a la noche pero esta se aleja y esquiva tus movimientos. El tiempo corre con detenimiento y empieza a ser testigo de tus deseos, instintos y frustraciones encerrados en cuatro paredes. Aquí se abre el camino de lo animal, lo perverso, lo amoral. Tus pensamientos son vientos sin destino ni dirección. Por momentos te visualizas conciliando el sueño para luego mirar a la orilla del abismo. Sientes en tu espalda el cúmulo de noches incompletas bajo una cama repleta de esperanzas y vacía de realidades. Retomas reflexiones que aún no son pasado, tomas decisiones que no serán futuro. Eres materia inerte del presente. Te orillas en ti mismo.

Empieza a llover. El agua se filtra por el techo y las paredes buscando cualquier sitio.

Piensas que la noche es amante de las palabras, víctima de los quebrantos y sendero de tu temperamento. Recuerdas aquella luna llena que llenó tu estrella, aquel fuego que apagó tus tribulaciones, aquellas estrellas que fugaron tu conciencia.

Y así, de repente, ves que el agua ha rozado tu cuello. Frágil, tu cuerpo es dócil ante la marea asfixiante, aunque la sientes suave y amorosa.

Escuchas el sonido del silencio y en un instante fugaz, sordo, tenue, abres los ojos ante el primer rayo del alba que ha evaporado todas las aguas.