Abriste los ojos y, junto a ti, se creó el universo.
El mundo resultó ser un abanico de colores, formas, movimientos, olores.
Empezabas a ver señas, escuchar sonidos, diferenciar imágenes y explorar tu cuerpo.
Varios nombres te rodeaban, pero había uno que se dirigía a ti con muecas y sonrisas: el tuyo.
No comprendías el sentido de las cosas, ni nada, solamente disfrutabas tu presencia en el mundo. Eras niño.
Sentías afecto por esas personas que te cargaban en brazos, que te estiraban la mano si requerías ayuda o al menos un amparo ante el dolor.
Aprendías la magia de las palabras: nombraban todo a tu alrededor.
Tus piernas sentían sus primeras pisadas. Esperaban recorrer un gran camino agridulce: la vida.
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Reuniones familiares espera tu hogar.
Abrazos el calor de tu cuerpo.
Nostalgia tu mirada al ver el atardecer detrás de la montaña.
Tus labios tu primer beso.
Tu cuerpo el calor de la mujer que se vuelve refugio en la oscuridad.
Tu oficio en la palma de tu mano.
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Tal vez el silencio de un bosque espera la vibración de tu guitarra.
Tal vez tu primer lector espera conmoverse con tus primeros versos.
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Un pequeño universo se ha consumido.
Se esfumó en los ventanales del tiempo.
Este gran sueño que vivimos despertó a un pequeño caminante.
Adiós, Santiago, una historia inconclusa llevaste contigo.
