La señora de las gorditas nunca envejece. Uno siempre la recuerda igualita a cuando tu pequeño estómago de 8 años tuvo que procesar forzosamente su primer chicharrón prensado: rímel negro, arrugas grandes, mirada incisiva, sudor palpitante y los musculosos brazos que fácilmente te ganarían en una pelea callejera.
Toda tu vida la has visto únicamente en el local ubicado cerca del centro de la ciudad, nunca en la calle. Apuestas a que aparece y desaparece por generación espontánea o prefieres imaginar la existencia de un escondite ubicado detrás del mantel que embellece los guisados.
Ya te ubica; de hecho, recuerda tu última visita y la fatal caída del tlacoyo con salsa roja que dejaste a la mitad pero que al final no te cobró para verse bien con los demás comensales y salvar lo restante de tu dignidad, embarrada en el asfalto.
Su memoria mejora con la edad: de 15 pedidos ahora recuerda 30. Sabe el orden de llegada de sus clientes mientras regaña a su sobrino que ha tirado la coca de vidrio en su primer día de trabajo.
Saluda a su comadre de los licuados y se queja del volumen de las cumbias en el puesto de al lado.
Su mirada se ubica en el televisor y en el comal; su oído en la historia de la novela y en los encargos; su atención en las gorditas y en el carbón; sus manos en la masa y en el dinero; su voz en todos los temas actuales de la política nacional.
Su puesto es mejor que el de doña Marta (aunque tenga más gente) así que te consideras afortunado e inclusive te piensas comiendo en unas gorditas gourmet.
Juras que los boings de vidrio no se han movido de su sitio desde la apertura del local (hace ya algunos milenios) y sospechas que los rellena ilegalmente en el tráfico de jugos clandestinos.
Estás sentado en la silla de madera que tendrá mayor vida útil que cualquiera de tu muebles. Das una mordida a tu gorda de huevo y, mientras tu saliva inunda la papa mezclada con el producto de gallina, divagas en el espléndido masaje que siente la masa al ser aventada de mano en mano, como un bebé en su cuna, apapachado por canciones infantiles, para tristemente ser consciente de tu rítmico movimiento de dientes que la han introducido a una pesadilla.
Llegas con la intención de quitarte el antojo y terminas prometiendo no volver al lugar (regresarás en unos días) que te hace sentir que los cerdos y tú son de la misma calaña.
Empezaste con un porte y limpieza impecables y ahora observas la sala roja de chile habanero incrustada en tus uñas: temes que no la podrás quitar ni con el mejor jabón zote.
Sigues sin creer que la anciana junto a ti haya inundado su gorda (ahora se podría llamar gorda ahogada) con la salsa más picosa del país y dudas de tu capacidad de mantener alejado al fantasma de la gastritis.
En ese momento, mirando al vacío, te das cuenta de un regaño casi en el oído: la señora lleva unos segundos con la mano estirada sosteniendo tu gordita de deshebrada que ahora no tirarás ni aunque haya un asalto a mano armada.
Te sientas y te convences fielmente sobre la existencia de un Dios Maíz que optó por crear en los primeros seis días de la existencia todos los platillos mexicanos y que al séptimo, al no ver su utilidad práctica, inventó al hombre para tener a alguien que muriera (literalmente) por comer ese manjar; no encuentras explicación más real a la gordita de comal de 15 pesitos posando sobre tus manos.
Finalmente pagas y, cuando la señora estira sus brazos para recibir tu billete de 50, ves esas manos que estarán el día siguiente moviendo el maíz que compondrá su sangre hasta el último día que abra.
